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Ese Alguien Llamado Isadora
(Doianfer)

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Ese alguien llamado Isadora
 
En el nicho 6921 de Père Lachaise ?el cementerio parisino de María Callas, Oscar Wilde, Jim Morrison y otros tantos- están los restos de Isadora Duncan, bajo techo y encima de otro nicho. En este último sólo se lee ``Dieu est lumière´´ (Dios es luz), en dorado, junto a una pequeña cruz del mismo color. En la placa de ella dice: ``DORA GRAY DUNCAN, 12 de abril de 1922´´. Pero de ironías la vida de Isadora tuvo bastante, y esta última sólo tiene la dudosa gracia de ser postmortem. Se ha dicho que Isadora Duncan bailó apenas aprendió a caminar. Estas anécdotas, queda claro, alimentan tanto su historia como su leyenda. Y, como dice su biógrafo Peter Kurth, ``los hechos no eran preocupación de Isadora´´. En todo caso, es más o menos claro que el 26 de mayo de 1877 nació en San Francisco la más pequeña de los cuatro hijos de Joseph Charles Duncan y Mary Dora Gray. La madre descendía de irlandeses. El padre, según Kurth, era un nativo de Filadelfia que recorrió medio país hasta instalarse en California. Cinco días antes del bautizo de Isadora, el banco que Charles Duncan había fundado se vino al suelo y la familia también. Odiaba, además, la escuela y cada vez que sonaba la campaña, partía corriendo a la playa. Se corre la voz e Isadora se llena de alumnos. Su enseñanza, que pasa por innovadora, llega pronto a oídos de la gente más rica y snob de San Francisco. Su madre la inscribe en una academia de danza clásica, pero ella aborrece un esquema que considera desprovisto de alma. Isadora no tiene método y nunca lo tendrá. Y sólo un maestro: Terpsícore, la musa de la danza, hija de Zeus y Mnemosine. Formada junto a sus hermanos en un mundo de música, libros e histrionismo, que desprecia cualquier sentido del orden o la disciplina, descubre que la familia entera puede ser una pequeña compañía. El momento ha llegado, piensa Isadora, para dar el salto. Un empresario teatral ofrece a Isadora un pequeño papel de mimo. ``Pero señor, yo soy bailarina. He recuperado la danza de los antiguos griegos´´, responde ella. Mordiendo su impotencia, incursiona en un género que le parece falso y ridículo. En Chicago tuvo un par de encuentros con Ivan Mirovski, pianista de origen polaco. La ciudad saludó a una nueva estrella que, al decir de un periodista de San Francisco, combinaba la ``sabiduría milenaria con la simple inocencia de las ovejas que pastan en las colinas atenienses´´. Sin embargo, Duncan era una moda, que además pasó muy rápido. Mientras los bolsillos familiares quedaban nuevamente vacíos, Isadora soñaba con Europa. ``En Europa y no en otra parte podrá suscitar vocaciones y realizar su sueño de formar a jóvenes discípulos´´. Llegan a Londres con lo puesto. Patrick Campbell, la gran diva de las tablas londinenses. La capital inglesa, donde la realeza le rindió honores, fue la primera escala. En 1900 se instaló en el barrio latino de París, ciudad que la aclamó. Más tarde llegaría a Berlín, donde Isadora recibe una lluvia de flores. Además, su ideal romántico/helénico coincidía con extendidas tradiciones alemanas. La familia, finalmente, llegó hasta las colinas de Atenas. Isadora reunió un grupo de niños a los que enseñó bailes bizantinos, coros y canciones. La familia completa, en tanto, salía a bailar de aldea en aldea. El próximo destino fue Viena. El éxito volvió a Isadora, pero acompañado del extraño sentimiento de necesitar un compañero. No hubo matrimonio, pero fue un amor real para Isadora, que pronto dio a luz a su hija Deirdre. Y con algo de escándalo, considerando su uso de velos transparentes. Pero olvidó frenarlo: el auto descendió sin obstáculos hasta una orilla del Sena. Pero descubrió una nueva energía gracias a su Escuela Infantil de Danza, un concepto integral de educación que echó a andar en distintas ciudades, sin gran éxito económico, pero despertando gran admiración. Y agrega que ``los puritanos de Boston están esterilizando a todo el país´´. Por si faltara más polémica, homenajea repetidamente al gobierno bolchevique. No volvería a EE.UU. Tras un tormentoso divorcio, se instala en Niza, frecuentada por amigos como Cocteau y Picasso, que presencian los espectáculos que monta en un improvisado taller. En Marsella, llama su atención un joven de 22 años. No sabe su nombre, pero lo llama ``Bugatti´´, porque maneja un auto de esa marca, para la cual él, además, trabaja. A las siete de la tarde del 14 de septiembre de 1927, ``Bugatti´´ pasó a buscarla en su Bugatti. Ella llevaba un inmenso pañuelo de seda iridiscente. Al tomar velocidad el auto, parte del pañuelo se enganchó en la rueda trasera. Bastaron segundos para que saliera impulsada a la calle y muriera desnucada. Se ha escrito que sus últimas palabras fueron, ``Adiós, amigos. ¡Voy hacia la gloria!´´. Nadie esperaba menos de Isadora Duncan.
 
Donanfer



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