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Tango Love (amor Tanguero)
(Daniela Ordnung)

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                                                        E LL A   E L
 
Ella era una de esas criaturas que tenían más información acerca del futuro que del presente. Cualquiera la hubiera calificado de visionaria. Pero ella sabía que ese rótulo desgastado y mal utilizado por las sociedades, aún desde la admiración, tenían poco que ver con su sentir. La Inquisición la hubiera expuesto como el icono de iconos de la perversión. Otro gran error de la humanidad.
 
Cuando no fornicaba, El estaba conectado con los grandes pensadores desde un lugar personalísimo y muy analítico. Su obsesión transitaba los caminos de un futuro mejor basado en su carisma para sorprender. Se inspiraba ? según su propia opinión ? en otros para inspirar a otros. Así pintaba y modelaba la vida, vendiéndose a si mismo la idea de que todo debía ser perfecto, y para eso debía copiar.
 
Esa noche sus miradas se cruzaron en medio de un lugar pestilente. Ella sentía aún los últimos golpes brutales del pene impersonal que la había penetrado sin provocarle pasión alguna. El parecía llevar la mochila eterna, plena de días interminables y noches sin satisfacción. Igual que la flor del loto, ambos flotaban artísticamente en el fango. Se reconocieron, estiraron sus manos para tocarse, pero esa noche no llegaron.
 
El camino del medio, decía El. El CAMINO, gritaba Ella.
Los astros los miraban muertos de risa. Y es que cuando la inteligencia ve el final del arco iris, los personajes de la obra parecen unos pobres ignorantes esforzándose absurdamente para arribar a una meta que, de todos modos ha sido preestablecida.
 
Ellos actuaron y empujaron sus vidas hacia la meta. Inventaron, copiaron, lloraron y se mordieron los labios sin saber lo que el otro hacía, hasta que un día de cierto mes de algún año sus miradas volvieron a cruzarse. Era una obviedad que sus brazos se alcanzarían. Otra obviedad era el hecho de que ninguno de ellos creería que vivían dentro de la realidad.
 
Por fortuna la Gracia Divina es tan frecuente como la desgracia. Y la Mano Invisible guía a la que se ve. Para ello no existen los rituales, no hay acciones que reciban un premio, no puede obtenerse la Gracia simplemente porque se vive dentro de ella. Sólo hay que ser generoso con el propio corazón. Esa tarde ambos lo fueron.
 
La Hembra mira, el Macho embiste. Eso fue lo que El le explicó a Ella. Y Ella rogó que no la embistiera mientras pedía a los dioses lo contrario. Ella le pintó laberintos, le contó que eran rectos, que desde la entrada se llegaba sin obstáculos a la salida. Le mintió, y el ingresó, se perdió, se reencontró, mientras Ella lo miraba asombrada hacer lo indecible para estrujarla y no soltarla jamás.
      Que llegue, que llegue, dios mío, pedía Ella sin palabras.
Dios la miraba con el mismo asombro de un escultor que no logra resolver una forma porque no halla el error. Por eso que ha dejado ese trabajo a los hombres, y que se maten trabajando, al final de cuentas el Gran Constructor ya terminó su parte.
 
 A El le tocó descifrar los mensajes simples a través de laberintos complejos. Cada vez era más arduo, Ella no hacía mucho por aliviarle el trayecto. Sus femeninas neuronas la condicionaban para complicárselo todo, para que El se viera en la necesidad de deshacerla y volverla a armar.
 
El iba quitándole velos invisibles a los ojos ajenos. Ella lloraba, enloquecida de dolor, desesperada de amor. Ella quería al DIOS que lo habitaba y quería ser su DIOSA. El era su HACEDOR. ELLA moría por ser su obra. Hubiera deseado nacer de sus manos. Siempre pensó que en el principio de los tiempos, realmente habíanacido del movimiento de esos dedos que la hurgaban ahora. Le resultaban demasiado familiares, los precisaba como si su vida dependiera de ellos.
 
Si bien era así, resultaba difícil de integrar. Acostumbrada a separarse de sus sentimientos, esa apertura hacia los reinos irracionales le causaba escozor. Los besos en la calle, la exposición tan descarnada de su deseo tal y cual se presentaba abriéndole los poros de un modo casi obsceno eran difíciles de digerir. Hasta entonces había conocido los movimientos de sus amados caballos. Ahora tenía que entender los encendidos de los motores más veloces y sentía tanto el deseo de liberarse a través de la velocidad como de ponerle freno a El. Pero había perdido los límites.
 
Lo observaba dormir despierto y despertar sin haber dormido. La noche y el día se mezclaban, como el nacimiento de una galaxia a partir de una nebulosa. No tenía idea dónde pasaba sus cortas noches y sentía su proximidad de un modo escalofriante. Porque donde El se encontrara, allí estaría Ella, y así era como tomaba conocimiento de su cansancio, de su deseo y de su prisa. Lo sentía en su propia carne, en todo el espacio que los separaba y los unía como un puente.
 
Los sentimientos de Ella iban profundizándose, su deseo se acentuaba con cada roce, con cada sonido de Su voz. Su ser se remontaba a una era en la que todo giraba en torno a El. Ya no le quedaba nada por hacer, salvo ofrecerle la manzana que su EVA ancestral venía ofreciendo a todos los hombres que habían osado acercarse a la obra de El. Esta vez sería diferente: permanecerían en el Paraíso.
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