Dios Es Redondo
(Juan Villoro)
La portada es sugerente. Un hombre calvo que, postrado de hinojos, adora una portería, que da entrada, se ve a lo lejos, a un diminuto balón de futbol. Desde arriba, en el cielo, un rayo de luz alumbra al personaje. Anotar un gol, meter esa pelota a través de la puerta, es el acto más excelso del universo.Ni tanto, pero existe toda una historia que gira alrededor de éste, el más sencillo de los deportes. Historia completa, con épica y análisis, que debe narrarse y estudiarse. Porque el tiempo es un factor esencial del futbol, y con él todo cuanto acontece en un lapso, un encuadre de 90 minutos. Éste es el tema, al fin, de los cronistas ?palabra que nombra al narrador de los partidos? de las hazañas y los analistas ?Menotti el más grande de ellos? que estudian los movimientos del balón que avalan o frustran los planes del hombre en busca de la lógica de lo que sucede en la cancha. El juego es más que un hecho lúdico un proceso.Para los que aman al futbol, los negados a la objetividad, que necesitan del delirio dominical ?o bisemanal- según el caso?, lo aman por razones mayores que la capacidad de generar reflexiones. Es el deporte de la improvisación y de la anticipación. El béisbol se rige por parámetros casi precisos. El futbol es otra cosa; ser analista de futbol se asemeja a ser analista político. Ante el televisor, el fanático, y el no tanto, cuando el partido lo amerita, se mesa el pelo y se muerde las uñas, porque desea saber de antemano cómo y dónde terminará la historia, cuál es la intención de los actores, una intención colectiva por antonomasia, pues en las alineaciones no existe un mariscal sino que los equipos operan como sociedades. El resultado se teje de pequeños actos inopinados. Y es que el futbol exige al jugador lo mismo que al político: ser listo y tener la cabeza fría. Así, cada juego y cada temporada pueden convertirse en una epopeya que el espectador, como el lector, presencia impotente.Pero existe otra arista: la estética. La guerra no puede librarse del horror, tampoco de la gloria. Un gol es la materialización de ambas. Por demás, un gol debe ser bello. Los uniformes deben ser vistosos, encarnación de una identidad muchas veces tradicional. Cambian, después de todo. Los goles, en contraste, aspiran a la eternidad, a transmutarse en una imagen congelada, la de un portero que se estira en el aire en pos del balón inalcanzable. horror del vencido y gloria del vencedor. Imagen que queda como vivencia de todos, acontecimiento histórico, cual el gol de Señor en el Mundial de 1986 que sacó lágrimas a un amigo.Lo grandioso de dios es redondo de Juan Villoro, aparte del título, es que igual que un partido, parece que se arma ante los ojos del lector. Su proyecto es exponer las pasiones. Reflejo del placer infinito por vivir esta actividad del hombre, sin ocultar la agonía de los que anhelan a construir lo trascendente, Dios es redondo es un libro feliz.
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