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Música Entre Sombras
(Jorge Grubissich)

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Es un clásico triángulo entre el amor, la locura y la muerte lo que Grubissich conjuga con mano maestra en esta novela. Cada uno de los lados de este triángulo roza o embiste a Daniel Favani, prosaico enamorado de un imposible; a Carlos Linares, bandoneonista, una suerte de Eric Dolphy sobreviviente o de Troilo maldito y a Maela, la fuente del triángulo y dueña del misterio, enamorada de Linares (afirmación no exenta de temeridad) a quien acompaña en una gira por Japón. Pero a esta trinidad debemos agregarle un cuarto término: Fabián (casi Favani), dislocado e insensato hasta el crimen.
El sorprendente inicio de la novela nos muestra a un Favani impecablemente trajeado que regresa a Buenos Aires desde el exterior. Gasta todo lo que le queda en una cena bien regada, en propinas y en un taxi que lo deja (lo deposita) en Boedo, barrio caro a la mística del tango. Entra en una fonda, se cambia de ropa, guarda cuidadosamente el traje en un bolso; y, andrajoso, se tira a dormir en un zaguán cerca de un árbol y cubierto por unos cartones. De buenas a primera pasa a ser un linyera tutelado por la bella sombra de César Vallejo. Este derrumbe espectacular no es sino la visión final de una interminable cuesta abajo en su rodada que el lector habrá de conocer lerdamente.
A partir de entonces y mediante un juego de historias paralelas, los lectores descubrimos la vida previa de Favani, oficinista como tantos; su primer encuentro con Maela, algunos de sus encuentros subsiguientes, su angustia al comprender que él es uno más y que ella se va. Y alternado en breves y ágiles capítulos nos enteramos de su vida desde el regreso, su relación con el dueño del bar, viejo, cabrón, generoso, solitario y moribundo, vaya uno a saber en qué orden, que de alguna manera lo adopta, lo rescata y le permite vislumbrar una salida. Y también datos aleatorios de su viaje: una suerte de búsqueda y escape a través del mundo, donde se amontonan, como al pasar, nombres de ciudades y ventanas con mujeres, pero sobre todo dolor y la certidumbre de que la vida sin Maela carece de sentido.
Y además asistimos, en una tercera línea dramática, al encuentro entre Maela y Linares ? más o menos contemporáneo con la historia con Favani. Linares pronto descubre que no soporta su ausencia, que algo le pasa con esta mujer, que ella debe viajar con él en la gira, que su esposa, embarazada, y esa hija que está por nacer, no alcanzan para detener ese ímpetu que él mismo no quiere ni puede controlar.
La gira es trágica. Tanto, que a la vuelta Linares abandona todo excepto el bandoneón, que le permite recaudar algunas monedas en su rol de músico callejero, ejerciendo insensiblemente su arte en los pasillos de alguna estación de subte, hasta que él también es rescatado por el nuevo propietario de una fonda de Boedo, que alguna vez lo viera tocar en Japón mientras deambulaba tras la vana esperanza de atrapar ? olvidar ? encontrar ? poseer una sombra que sabe de misterios, sabe seducir y sabe a carne de mujer, llamada Maela, un tal Daniel Favani.
Esto también lo sabe Fabián, músico, ex algo de la dama en cuestión, obsesionado y fabulador; que en su calidad de violinista, forma parte del grupo de Linares y en su calidad de amante despechado adquiere la entidad de la sombra ominosa del destino que derrumba tres vidas además de la suya.
De entre los muchos méritos de la novela, quizás el más ostensible sea que Grubissich narra la historia de una pasión, aquí llamada Maela, desde el punto de vista de tres hombres que no la definen ni la abarcan, pero la comunican: Favani, que desconoce el destino final y seguramente por esa razón no puede escapar de la angustia, que se diría es demasiado parecida a la muerte; Linares que sí conoce el destino final, y es tal vez por eso que entrevé la posibilidad de revivir; y Fabián, que provoca el destino final y ahí mismo queda atrapado.
Alguien dijo alguna vez que Cumbres borrascosas transcurría en el infierno pero que curiosamente todos los nombres eran ingleses. Música entre sombras es una travesía por un infierno colmado de nombres argentinos cuya música de fondo es un fueye desgarrado (un bien porteño). Pero esta travesía merece una jornada sin prisas para así ejercer la morosa delectación que recomendaba Tomás Aquino.



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