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Divina Comedia
(Dante Alighieri)

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No deja de llamar la atención que una obra como la Divina Comedia, escrita en el siglo XII y desde el siglo XIII, traducida a diversos idiomas y sucesivamente modificada desde su forma poética original, haya conservado por más de ochocientos años una creciente cantidad de lectores en todos los países del mundo. Acaso convenga revisar algunos de sus aspectos esenciales para descubrir en qué reside la clave de esta asombrosa vigencia.
Ya se sabe que la obra se divide en tres grandes secciones: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso y que, de acuerdo con la cosmovisión del Occidente medieval cristiano, estas partes representan las posibilidades que las almas tienen de encontrar un lugar en el escenario de lo trascendente, acorde con los hechos realizados por las personas durante su existencia terrena. También es cosa conocida que hay tres personajes fundamentales para su desarrollo: el Poeta ?que no es otro que el mismo autor, Dante Alighieri-, y sus dos guías, Virgilio y Beatriz.
El primero de estos acompañantes es, precisamente, el autor de la Eneida y uno de los autores romanos mejor considerados por las letras medievales, tan rigurosas a la hora de tener en cuenta a los poetas llamados ?paganos?, anteriores a la era cristiana. Con respecto a Beatriz, no se trata sino de la amada del mismo Alighieri y en la que éste cifra todas las cualidades de la donna angelicata o arquetipo de la mujer de la época.
De este modo, tenemos ya dos grandes elementos para tener en cuenta en nuestro propósito de vislumbrar las razones de la sostenida vigencia de la obra que nos ocupa. Por un lado, la explicación de cómo se estructura el más allá dentro de la concepción espiritual que recibimos como legado histórico; por el otro, la presencia junto con el Poeta que deambula por los sucesivos paisajes de las tres esferas, de dos almas de singular trascendencia: el más famoso autor de la Roma Imperial y el símbolo de la mujer perfecta.
A esto se añade un tercer factor no menos importante y que tiene que ver directamente con la habilidad creativa de Alighieri: la facultad de procrear vivas descripciones, tanto de los sucesivos círculos que alojan a las almas de los pecadores en el Infierno, como del ambiente indefinido del Purgatorio y del paisaje del Paraíso. A esta cualidad se añade, además, la precisa localización de personajes reales y la dinámica narrativa con que ilustra sobre los hechos por ellos protagonizados, que los condujeran a las circunstancias en que aparecen.
Se ha dicho muchas veces que el autor de la Divina Comedia usó la literatura como pretexto para condenar a sus enemigos y salvar a sus afectos, ubicándolos ya en la gloria celestial, ya en las honduras infernales. Más allá de esta idea, es indudable que la fuerza expresiva de Alighieri fue mucho más lejos que la simple coyuntura política de su época. A ella debemos este colosal mosaico de la historia europea que, en la circunstancia de definir qué hay más allá de la vida terrenal, nos ha dejado este fresco rico en imágenes y en símbolos que coloca a la palabra a la misma altura que desde el Renacimiento tuvo la paleta de los grandes de la pintura.



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