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Dos Cubalibres
(Eliseo Alberto Diego)

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Dos Cubalibres. Nadie quiere a Cuba más que yo.
Eliseo Alberto Diego
Ediciones Península S.A.
Colección Atalaya, 2004
400 Págs.

Hay libros que emocionan, que pueden sacar de cada lector un gesto mejor, una palabra mejor, otro modo de ver las cosas. Hablo de cualquier cosa, me da igual: amores o desamores, problemas políticos, asesinatos sin resolver, ilusiones perdidas o recuperadas: hablo de que hay libros para leer antes de dormir, en el metro, en la playa o en casa si hay algo horrible en la televisión; hay libros que se leen por vicio, por nostalgia o por puro deseo. Hay libros para descansar, para entretenerse, para ser mejores.
Pero hay libros, pocos libros, que son de acariciar junto al pecho, de apretarlos fuerte, de querer que no se acaben nunca. Y Dos Cubalibres es uno de esos y es mucho más. Un libro desafiante desde el mismo subtítulo: Nadie quiere a Cuba más que yo?y que yo, diremos unos cuantos que tenemos la desdicha de no vivir en nuestro país.
Sé que a Eliseo le costó decidirse a recoger sus artículos de años y sé bien que le costó dar esas entrevistas que van llevando la ?trama? de uno de los textos más amorosos e importantes que la Literatura Cubana ha dado en los últimos años. Desde el exilio doloroso y desde su raíz; desde la amistad y la añoranza; desde la comprensión y la ternura.
?Un hombre sin país es un náufrago; un escritor sin lectores nacionales (naturales), el mismo infeliz ?sólo que más solo. Opinar desde el exilio se parece a gritarle al horizonte o a la luna. Rebota el eco. El murmullo del silencio se mezcla con el rumor de la marea. Uno acaba ronco, desbaratado y lo que es peor, indiferente. Apenas queda el consuelo de lanzar mensajes en botellas. El mar se traga los frascos.
Dividido en tres grandes partes: Un cubalibre, por favor ; Otro cubalibre, por favor y La cuenta, gracias, todos son ?Diálogos en el Porvenir ?, un bar donde se le juntan amigos, conocidos o por conocer, gentes y más gentes que cuentan sus historias y que los ojos perpetuos de Lichi van mirando y los oídos escuchando, mientras se recorre a sí mismo y desempolva de la memoria historias entrañables o tremendas, que pueden ir desde la amada ?enana? de Antoine de Saint-Exupéry al Ché Guevara; de los últimos desgraciados suicidas de nuestras letras a un delicioso contrapunteo entre la fruta y la vianda, a la manera de Fernando Ortiz.
Cuba y México se entrelazan en sus capítulos, en la nostalgia del no estar, de sentirse (como nos sentimos) profundamente infelices. Todo escrito en una prosa limpia y proteica:

Un amigo muy flaco, habanero de pura sangre, me dijo una vez que lo contraproducente de la felicidad es que tarde o temprano nos engorda. Y tenía razón: me sobran una docena kilos. No sé por qué (bueno, sí sé por qué pero lo guardo en secreto de confesión) pienso que hoy es el día menos indicado para escribir sobre la felicidad, aun cuando tenga o crea tener varias razones para considerarme un ser feliz ?a pesar de los exilios geográficos o neuróticos, las perversidades de la melancolía, la tontera de la nos­talgia y los patíbulos de la abusadora soledad. Entre ellas, hay una causa suprema: pido poco para serlo. Me ha costado mucha desesperanza conseguir el derecho a proclamar en público esa conquista de mi cubano corazón, y un requisito obligatorio de la felicidad es el orgullo de padecerla.


Más allá de sus añoranzas personales, de sus hermosos ?Retratos hablados? está la reflexión inteligente sobre el complejo proceso de la Revolución cubana, el papel jugado por los intelectuales y creadores en cada década y su entrañable mirada a una saga familiar que, es cierto, ?representa una estirpe fundacional en la cultura cubana?. Su padre, el gran poeta Eliseo Diego, su madre Bella, hermana de la inconmensurable Fina García-Marruz; su tío Cintio Vitier, gran poeta que también goza de tener ?ese sol del mundo moral?, sus primos José María y Sergio Vitier, músicos descomunales, el tío Felipe Dulzaides, su hermanagemela Fefé (una mujer sabia donde las haya) y su hermano Rapi ?que se llamaba como el abuelo, Constante- y que hace muy poquito que no está- completan el mosaico de recuerdos que se entrelazan con su Lezama Lima, con García Márquez, con Joaquín Ordoqui en una maraña de relaciones y recuerdos en los que te hace participar y acabas amándolos, quieras o no.
En su cubano corazón no hay lugar para los malos entendidos: Eliseo no juzga, intenta comprender. Ni siquiera en personas que pudieron hacer mucho daño (pongo como ejemplo a Reinaldo Arenas ) hay un mínimo de rencor. La voluntad de diálogo, la intención de que tenemos que hablarnos ?los cubanos, donde quiera que estemos- es la gran propuesta de esos Dos Cubalibres que se beben sin respirar, pero que no saben amargos. Para nada.
Puede que él quiera a Cuba más que yo, no sé, pero cuando las cosas se van tornando tan difíciles, querer a Cuba, más que nadie, es la única y definitiva solución.
Salud, chin, chin.

Nidia Fajardo Ledea.



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