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Confesiones
(San Agustín)

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Sinopsis
San Agustín
Confesiones
Obra fundamental de San Agustín (Aurelius Augustinus 354-430), escrita alrededor del 400. Está dividida en trece libros: narra primero su infancia, sobre la cual pesa la sombra del pecado.
El más importante de los padres de la Iglesia, filósofo y teólogo, nació en Tagaste, pequeña ciudad africana situada cerca de Numidia, el trece de noviembre; fue hijo de Patricio, que era pagano y de Mónica, luego Santa Mónica, que era de familia cristiana. Realizados los primeros estudios en su ciudad natal, fue luego enviado a llevar a cabo los de retórica en Madauro.
Primer libro: contiene la historia espiritual del Santo, la formación de su pensamiento y su iniciación mística, representando a la par que una gran obra filosófica, también una dramática autobiografía.
Segundo libro donde comienza la adolescencia; en el recuerdo de un pequeño hurto, apunta ya la concepción agustiniana del pecado como la desviación del bien, dice que: al robar unas manzanas verdes, no buscaba en realidad la cosa robada, sino sólo una afirmación de su propia libertad.
Tercer libro: los primeros años de su juventud aparecen dominados por dos episodios: la lectura del Hortensio de Cicerón, que fascina al joven con sus bella palabras, y los halagos de los maniqueos, los cuales predicando la doctrina de una doble divinidad, del bien y del mal, ayudaban en cierta manera a Agustín a explicar el problema del pecado, que desde entonces siente fuertemente.
Cuarto libro: continúan las experiencias juveniles; su carácter se revela apasionado y ambicioso, y con la enseñanza y el estudio trata de alcanzar sus metas, al tiempo que en el generoso sentido de la amistad intenta expresarse su carácter ardiente.
Quinto libro: descontento del maniqueísmo y de la elegancia de la retórica, a la que se había dedicado, Agustín parte para Roma, soñando con la gloria; pero en Roma sus alumnos se burlan de él y marcha a Milán, donde puede escuchar los sermones de San Ambrosio.
Sexto libro: la impresión es fortísima, pero como reacción su fogoso temperamento, le domina y le impulsa a aventuras amorosas, que le hacen caer en un angustiado terror de la muerte.
Séptimo libro: finalmente, un rayo de luz; no es todavía el Cristianismo, sino algo que viene a ser su primer grado: el neoplatonismo. De los neoplatónicos Agustín aprende a concebir una divinidad incorpórea, sin límites, sin formas. Agustín distingue aquí netamente las dos concepciones: los neoplatónicos alcanzan la idea de Dios pero no su amor; captan su abstracción, pero no su esencia de bondad infinita. De todas formas la barrera se ha hecho pedazos; su férvida imaginación no se vincula ya a la imagen para elevarse a la divinidad y, poco a poco, se afina en reabato místico, para llegar a la intuición. Durante una profunda crisis emocional, Agustín oye una voz que le dice: ¡Toma y lee!; abre el Evangelio; una pasaje de la Epístola a los Romanos le ilumina; corre al lado de su madre, Santa Mónica, que siempre ha deseado su conversión, y se sosiega en sus brazos.Estas últimas páginas del libro octavo y las del noveno, que culmina con el décimo y undécimo capítulos, donde se narra el coloquio místico con su madre y el éxtasis y muerte de ella, se cuentan entre las mejores de la literatura religiosa.
En el libro décimo comienza la parte más propiamente especulativa con el análisis del problema del conocimiento racional. Dios no es cognoscible por el conocimiento racional, que tiene su origen en los sentidos y que sólo pueden referirse a las cosas que están en el tiempo y en el espacio.
Libro undécimo: Dios, en efecto no está en el tiempo: el tiempo no es una realidad, es un acto psíquico, una distensión del ánimo constituida por tres inexistencias: el pasado que no es ya; el futuro que no es todavía y el presente que por pequeño que sea, está hecho de pasado y de futuro. Sólo es real lo eterno, que podemos imaginar como un continuo presente; y Dios es en la eternidad.
En el libro duodécimo se investiga en las antiguas escrituras la revelación de estas verdades: manifiestan en efecto, lo verdadero por medio de una simbología universal accesible a todos; los sencillos de espíritu lo hallan bajo formas elementales, los sabios alcanzan su esencia profunda. ¿Pero como le es posible al hombre, que existe en el tiempo, conocer a Dios que existe en la eternidad?
El libro decimotercero responde a esta pregunta: el conocimiento de Dios es innato en el hombre en las tres certidumbres innatas del ser, saber y querer. El hombre no puede dudar que es, sabe que es y quiere ser; y estas tres certidumbres son precisamente los símbolos de la Trinidad innatos en el hombre; ser absoluto (el Padre), saber absoluto (el Hijo), absoluta voluntad del bien (el Espíritu).
El libro se concluye con la contemplación de todo lo creado a la luz de esta verdad.Las Confesiones constituyen el fundamento del pensamiento especulativo cristiano y, en gran parte, de todo el pensamiento moderno. Son una verdadera epopeya de la conversión cristiana, encerrada en el drama interior de un hombre en quien se afirman todos los elementos pasionales y teoréticos que la puedan fundar. Poquísimas obras en la literatura de todos los tiempos, muestran como ésta, con su indisoluble unidad, el desarrollo de una existencia especulativa y el de una experiencia religiosa y humana.




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